6.4.25

El Pozo de Beber

Barril de campo (jjferia)


De regreso de un plácido paseo mañanero hasta la Albuhera, me detengo. junto al Pozo de Beber. Es un apacible día de primavera. El sol, comedido aún, calienta sin la furia de aquel tórrido verano de mi lejana infancia que ahora me viene a la memoria. Me siento en el petril con la mirada fija en el agua que cae. El tiempo actual, tan inestable y movedizo, parece haberse estancado en aquel inmutable y predecible de mis primeros años. Extasiado percibo como el presente se diluye mientras fluyen los recuerdos de mi mente. Recuerdos que manan de las venas de la tierra, para surgir someros y redivivos a la luz del día. Tan claros y reales como entonces…

Entonces un muchacho que acaba de llegar montado en una burra pide la vez a los que esperan su turno. Sobre la albarda lleva las aguaeras con un cántaro en cada uno de sus cuatro jaques. A estas horas, el sol cae implacable sobre el pueblo. Un sol abrasador que se desploma sobre la pobre criatura como un costal lleno con una fanega de trigo. Aguanta como puede las embestidas de las sofocantes bocanás que escapan del horno del mediodía. Una flama despiadada que intensifica su castigo en una sequía que parece ensañarse con la tierra. Una tierra reseca que se queja bajo sus pies mal protegidos por las sandalias rotas.

El caño del pozo, apenas deja caer un hilo de agua fría poniendo a prueba el aguante de los veceros. Esa es la única frescura en esta tarde de verano, tan ardiente como las calderas de Pedro Botero. A pesar de su corta edad, ya es casi un experto en el oficio. Con movimientos seguros y precisos ha colocado la albarda sobre el enjalmo ajustando la tajarria, para asegurar enseguida las aguaeras con la cincha.

FOTO 1 POZO DE BEBER
 El Pozo de Beber en la actualidad (jjferia)

El zagal guía el animal hacia el borde del pilar, emitiendo un leve silbido para animarlo a acercar los belfos a la superficie del agua. Tras unos instantes de duda, la burra finalmente se decide y bebe hasta saciarse. El chorrillo que brota del caño atrae sus sentidos mientras cae en el cántaro con el gorgoteo transparente que se intensifica a medida que se va llenando el recipiente de arcilla. Hasta que cada cual se va aprovisionando del necesario líquido elemento para el avío de hogar. Menos mal que la frescura del agua a la sombra protectora de la bóveda le proporciona un ligero alivio del implacable sol, lo que hace más llevadera la espera. Para atenuar la tardanza, el pequeño aguador se sumerge en la inagotable corriente interna de sus cavilaciones:

«No te enrabes, ahora que habrá poca gente, me dijo mi madre mientras aparejaba la burra después de merendar. Los mismo que debieron pensar los que han llegado antes. Así que no me queda más remedio que esperar mi turno con paciencia. De sobra sé que este no es lugar para venir con prisas, de llegar y llenar, como quien dice.

»¿Por qué le llamarán Pozo de Beber a lo que siempre he conocido como un pilar? Es curioso cómo, aunque los lugares cambien, los nombres permanecen pegados a ellos por pura inercia de la costumbre. El pozo, como tal, desapareció o se transformó hace años, antes de que yo naciera. Pero el nombre sigue aferrado a su sitio como la vieja encina se arraiga en la hesa donde nació. Aunque pase el tiempo con sus mudanzas, los nombres persisten, como si fuesen guardeses de una memoria que nadie quiere olvidar

»Abundan especialmente los que se refieren al agua, cosa que pone de manifiesto el valor añadido que se le da a estos sitios que sirven como aprovisionamiento del preciado líquido, sea en calles y caminos o repartidos por el entorno; velahí el Pilarito, Fontanilla, Arroíto, el Cubo la Canal, la Pocita, los Cañitos, el Venero, la Mojona, el Charco Manantío, la Fuente los Perros, la Madre del Agua, el Charco el Chorro y tantos otros. Y no porque el agua destaque por su abundancia; al contrario, su escasez crea valor lo que trae consigo que estos lugares, pese a su modestia, sean tan considerados y deseables como el oro; un patrimonio heredado que había que proteger para sortear la precariedad de la existencia.

FOTO 2 CANTARERA
Canterera de madera con cántaros (jjferia)

»Además de servir de abrevadero para el ganao, desde los pilares se acarrea algo tan necesario como agua potable hasta las casas. Como este del Pozo de Beber con su equívoco nombre. A pesar de lo cicatero de su tributo (o quizá por ello), es el agua que goza de más nombradía por su finura, pureza, frialdad y trasparencia; cualidades que la convierte en la preferida por los vecinos tanto para beber como para cocinar. Al revés, la del pilar los Mellizos o de la Luná es evitada por su mala reputación. Otras son consideradas duras y bastas. A las del pilar de Arriba hay que colarlas por si las sanguijuelas. Otras son canas y calizas como las de La Peralera. Cuando vengo con mi padre del campo, me hace beber agua del pilar Manceñía, porque dice que tiene hierro, que es bueno contra la anemia por falta de apetito.

»Los cántaros, junto con la tinaja y el barril en la cantaera, ocupan un sitio preferente en el rincón más fresco del hogar, siempre al alcance de los miembros de la familia. En muchas casas, el pozo del corral almacena el agua de lluvia recogida de las canales. Esta se destina al uso de las gallinas y de otros animales domésticos, así como al riego de las macetas y al lavado de la ropa en el cucharro. El pozo con su boquerón y la carretilla para sacar agua con la cuba, también servía para quitarse las lagañas por la mañana en la borcelana, palangana o como se diga.

»Algunas madres van a lavar la ropa a uno de los lavaeros del contorno como la Sesmería, el güerto Lobo o el güerto las Guindas. Allí acuden con sus cestos cargaos pa combatir la suciedad en las pilas con jabones elaborados en casa con sosa y grasa. A la vez que a la ropa, les daban un repaso a las recientes habladurías del Cabezo. Habladurías a las se dedican ahora en este preciso instante y lugar donde me encuentro para aligerar la espera. Un coro de mozas chinchorrea repasando las noticias más frescas del pueblo. Que si han visto a Fulanito hablando con Menganita. Lo que sea ya se sabrá. El tiempo parece adormilao arrullado por el ruar de las tórtolas y el incesante chicharreo de las chicharras.


FOTO 3 LAVADERO DEL HUERTO LOBO
Lavadero del huerto Lobo (jjferia)

»No una chicharra, sino un grillo carbonero parece por su tez y su atuendo una mujeruca. Hacia ella se dirigen ahora los herretazos más punzantes sobre su improbable experiencia carnal a pesar de sus años. La llaman la Negrita, el mote le viene que ni pintao. Las carcajadas y los gritos estridentes de las descaradas coristas y los escusaos espectadores resuenan en la bóveda del pozo, amplificando el eco de sus burlas. La mujer tiene para mí esa edad indefinida de las mujeres envejecidas prematuramente cuando visten de negro permanente porque no tienen otro babero o por empalmar uno tras otros los lutos familiares tan prolongados y rigurosos.

»En el Grifo la siesta debe haber puesto una tregua en el bullicioso alboroto que suele formarse en torno suyo. En estiajes duraderos como este, el depósito flaquea y los cántaros vacíos se alinean en carrefilas interminables, extendiéndose como fichas de dominó abatidas por las aceras de las esquinas y calles cercanas. No todos llegan sanos a su destino. Las porfías y trifulcas habituales terminan con los cacharros rotos. Pequeños desastres que se evidencian por los tiestos desparramados alreor de aquella céntrica fuente. La algarabía se oye hasta en el cementerio.

»El Grifo. Así con mayúscula porque este es su nombre propio. Y es que grifo, no hay más que uno. Un novedoso artilugio con una llave que regula el paso del agua procedente del Venero. Aquí no podemos permitir que se derroche discurriendo a todas horas en el pilón, como es lo corriente en las demás  fuentes. Las sobras, para no desperdiciar ni gota, se encauzan hasta el pilar de San José (en tiempo de aguajes, que si no, ni eso). Los mocosos que callejean por la zona arriman de vez en cuando los hocicos para zugar las míseras escurrajas que refalan por cada uno de sus dos caños.

»El agua hasta cierto punto es de balde, pero su carencia la hace tan valiosa que exige trabajos forzosos, especialmente a las coritas. Un continuo trasiego de mujeres llevando con destreza los cántaros bombos hasta sus viviendas: En la mano, en el cuadril, bajo el sobaco y hasta en la cabeza. En la lucha por la vida, mientras el hombre, ya sea turra o gañán, es el encargado de dar el callo en el campo para ganarse el pan de sus hijos, a la mujer le ha tocao en la rifa el oficio de aguaora, acarreando el agua para el consumo de la numerosa prole. Además, claro está, de ser lavandera, barrendera, niñera, recadera, cocinera, enfermera, costurera... Como dice mi madre: “¡Me paso to’l día hecha una zacana pa criar a un méndigo como tú!”.


FOTO 4 GRIFO
Fuente del Grifo a mediados del s. XX (Francisco Felipe)

»La verdad es que los probes zagales sufrimos más que naide las consecuencias sin enterarnos siquiera. Como nos encanta meternos en to los charcos, sabemos convertir la penuria en alegría, diversión y chirigota. Y si en nuestras correrías por el campo en busca de níos, grillos, ranas o lo que se tercie, aprieta la sed, pos nos lanzamos de bruce sobre cualquier regato. Con la cautela de no quebrantar la ley natural de «Agua corriente no mata a la gente; agua pará la matará». Y si hace calor, hacemos una repiensa pa agrandar el charco. Aunque no nademos en la abundancia, nos revolcamos en la miseria; pero sin perder la alegría y el buen humor. No queda otra.

»Me acuerdo que, cuando era más chico, iba tan campante y contento a la escuela con la cartilla y el barrilino lleno de agua, pos las clases en el colegio de las monjas no se interrumpen durante el verano. Por la tarde después de los garbanzos, la morcilla y el tocino, la sed se retuerce en las entrañas como un alicante rabioso, por eso había que dosificar el contenido buchino a buche para que rehundiera hasta el final».

Abstraído y como ausente, el muchacho no se percata de que le toca llenar hasta que alguien le avisa de que es su turno. Con diligencia, comienza a bajar los cántaros hasta el poyo, y los va colocando uno a uno bajo el delgado hilo de agua que cae canturreando mientras se va llenando la vasija lentamente, hasta que el característico murmullo al desbordarse le indica que ya está llena.

Con cuidao, se esfuerza en retirar cada cántaro lleno y encajarlo de nuevo en las aguaeras. Su peso, que antes parecía liviano a pesar de la calor, ahora se hace sentir con fuerza en sus brazos y espalda. Cada uno, rebosante de frescura, resulta un desafío adicional, y tiene que maniobrar con maña para evitar derramar su contenido. Al terminar la tarea, se escarrancha de un brinco sobre la burra y emprende el camino de regreso. El animal acusa ahora el peso y la cuesta de vuelta a casa donde lo esperan con la carga sana y salva.

Aquí sigo ahora. ¡Cómo pasa el tiempo! El Pozo de Beber parece que dormita en su rincón. Olvidado y marginado como un serón inservible junto a la carretera de entrada. Una callejina comunica el lugar con la calle del Pozo donde estaba el cobertizo del esquilaero. Las casas de la acera están vacías, y las de la carretera se fueron convirtiendo en cocheras con los años. Unas austeras viviendas que marcan el límite del pueblo con el lejío. Ya nadie se acerca con los cántaros. El Pozo de Beber, otrora punto de encuentro y lleno de vida, descansa en un silencio indiferente. Como si hubiera perdido la memoria; ajeno al ir y venir en un mundo tornadizo y veleidoso al que ya no pertenece. Aquí seguimos los dos, compartiendo la jubilación y unos recuerdos que ya no interesan a nadie.

Tampoco hay bestias que se acerquen a beber tras la ardua faena en el campo. Reina el silencio, un silencio interrumpido de vez en cuando por el paso veloz de un automóvil. El ruido de un tractor que pasa defarata y dispersa como hojas secas el flujo de mis pensamientos, devolviéndome al presente. Me levanto y, antes de partir, ahueco las manos bajo el glacial chorrillo para despejar la cabeza y la nostalgia con una embozá de agua. Mientras subo la cuesta de la cal Pozo, voy lanzando mis versos a voleo, como el sembrador las semillas, para que el viento los disemine con la esperanza de que florezcan en esta tierra que labramos.

Vista parcial de la calle del Pozo (jjferia)

Por la Calle el Pozo van
los labriegos a los Barros,
a cosechar los sudores
que les depara el verano.
 
Por la calle va un pastor
careando su rebaño,
y una moza tempranera
sube llevando los cántaros.
 
Con los cántaros de agua
desde el Pozo de Beber,
agua que alivia las penas,
aunque no apague la sed.
 
Por la calle va un zagal
por la sombra pa la escuela,
un barril en una mano
y en la otra la cartera.
 
Sin cántaros ni barriles
me acerco al pozo a beber,
mientras recuerdo aquel tiempo 
que ya nunca ha de volver.

Calle Albarracín con el Grifo a la izquierda (jjferia)

Juan-José Becerra Ladera

NOTA 

El significado de las palabras destacadas en negrita se pueden consultar en 

 https://diccionariocorito.wordpress.com/


En aquel tiempo... (Recuerdos de antaño)

Juan-José Becerra ladera